Besando espinas de rosas marchitas
te encontré bajo aquel silencio que te rodeaba,
solitaria, tu mirada huía de mis llamados.
Cubierta de pétalos dorados,
tus manos sostenían el tallo blanco de la pureza,
como atípica revancha de la lujuria salvaje
e incontrolable de tus actos.
Desnudaste tus encantos al sol que fue creciendo,
desmesurado y silencioso,
fueron cayendo los pétalos de tu cuerpo
como mariposas que danzan al viento,
el tallo de tu pureza se deslizó hasta tus pies descalzos
y te acercaste a mí con los ojos desbordante de la pasión,
me sentí enfermo de sensaciones,
me dejé arrastrar por la marea violenta de tus labios,
y me entregué a tu piel suave en un éxtasis desenfrenado.
Todo fue disipándose en mi entorno,
no hubo ruidos ni silencios
sólo tu música cadenciosa reverberaba en mis oídos.
Y cuando apoyé tu cuerpo en el suelo húmedo,
bajo la sombre de un viejo árbol,
comprendí que los sueños dormidos de un niño
con ciertos alguna vez.
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