El primer viaje a la costa atlántica
Fue en el año 1935 que con mi padre, mi Tío, dos amigos y el
suscripto, en un Studebaker modelo
1928, de cinco puertas (era tan grande que lo llamaban el colectivo) partimos a
la madrugada con rumbo desconocido hacia los pagos de Santos Vega, el
legendario payador de Lavalle.
La ruta 2 de sólo dos
manos nos llevó hasta el perímetro Norte de Dolores. Desde allí hacia el Este,
y por un camino de tierra greda llegamos al almacén de ramos generales de
Esquina de Crotto. Paramos, entramos, los mayores se deleitaron con cerveza, salame, queso
duro, galleta de campo y yo con un rico y natural Naranjín a bolita.Desde allí y siempre hacia el este comenzaba una huella de arena, ripio
y pajabrava, y un demoledor serrucho, que no solo destrozaba al vehículo, sino
también a los resignados pasajeros.
Corrían aproximadamente cinco
horas de marcha, el sendero y la tierra nos hostigaba desde abajo y desde
arriba. Por la huella muy de vez en cuando, un paisano a caballo o en sulky levantando el brazo nos saludaba,
con varios toques de bocina le respondíamos. Otros coches, carteles indicadores
y señales viales aparecían
esporádicamente en el camino. Cada tanto una gorda Martineta colorada cruzaba la
huella por delante del vehículo. El silencio y la soledad de lo desconocido nos atrapaban en su misterio.
Luego de una curva de la huella llegamos a Lavalle. Se bordeaba el
cementerio cuya pared lateral totalmente destruida permitía el tranquilo
deambular de bien alimentados peludos. Paramos, me bajo, corro, lo atrapo…
cuando un paisano desde adentro me grita: “Chico,
soltá ese peludo que esta gordo por comer osamenta de cristianos” Sin comentarios.
A partir de Lavalle el camino continuaba por la zona de inmensos cangrejales.
Agua, barro, juncos y miles de cangrejos entraban y
salían de sus cómodas cuevas. Cientos de
garzas blancas, cuervos negros, gaviotas y chorlos chapoteaban en el lodo en busca de alimento. La naturaleza
virgen se mostraba en su maravillosa plenitud.
Dos horas más de interminable trayecto y por fin San Clemente del Tuyú.
Por lo que hoy es la peatonal rápidamente recorrimos el pueblo: El hotel
Pereyra, la panadería Primera, unas cuantas casas de planta baja, algunas
casillas de madera y chapas, un surtidor de cinco litros de nafta (creo que era
Schell) y a palanca, varios carros, caballos y algunos lugareños que nos
saludaban dándonos la afectiva
demostración de una cordial bienvenida. Allá al fondo, hacia el Norte, el gran
hotel Águila, que según su historia, para construirlo habían traído por barco
los materiales.
Acampamos en el
“hermoso” predio del Automóvil Club
Argentino, varias hectáreas de médano pelado circundado por un
alambrado de púas con tranquera. La carpa grande de lona verde
encerada con parantes y estacas de madera. Un pozo de dos
metros de profundidad en la arena con
una lata de veinte litros con pequeñas
perforaciones se obtenía una cristalina agua dulce y potable. Para
llamar al carnicero se enarbolaba en un palo un trapo rojo, para el panadero y lechero uno blanco. Para el fuego, en la
playa había leña de todo tipo y tamaño.
Con una sola tirada de red se sacaban corvinas, pescadillas y lisas para
distribuir en todo el pueblo. Con la creciente, miles de almejas amarillas
salían y se enterraban en la arena mojada. ¡Qué alegría, qué felicidad, no nos
faltaba nada! Sol, arena, mar, viento, aves, peces almejas, caracoles, chelcos,
inmensa gratitud, reflexiva soledad y
naturaleza virgen para disfrutar en pacífica plenitud espiritual. ¡INOLVIDABLE!

Por la tarde comenzaba la bajamar. Mi tío al
volante, los demás a empujar “el colectivo” hasta pasar el médano y depositarlo
en la playa firme. Dos paseos se brindaban: Hacia el Sur el Barco hundido,
hacia el Norte, el cementerio de los caracoles, el Faro, Punta Rasa y la Bahía
de Samborombón, optamos por este último. Diez minutos de marcha por una huella suave y sin serrucho, llegamos a una ancha y profunda canaleta que cortaba la playa e impedía el
paso del coche. Bajamos, caminamos hacia el Oeste unos 300 o 400 metros bordeando la canaleta, de repente el grandioso
espectáculo jamás visto. Era un playón de varias hectáreas de barro, arena y agua el hoy extinguido Cementerio de los
caracoles. Miles de ellos de distinto
color y tamaño (los más más grandes como
platos de postre) blanqueaban a los rayos del sol. Estaban muertos, eran solo
su caparazón que ahora había resucitado
porque en cada uno de ellos habitaba un
oscuro cangrejo. Junté cuatro o cinco de
los más grandes y continuamos la caminata.
Dos
mil metros más hacia el Norte hasta
Punta Rasa. Yo estaba parado en la punta Sur de la Bahía de Samborombón, tal
cual figuraba en el mapa de mi aula primaria, al regreso se lo iba a contar a
mi señorita. La bahía de Samborombón
abría su bocaza para mis ganas de investigar. Caminé por ella hacia el Oeste desconocido. Profunda e inmensa soledad me envolvía, la curiosidad me empujaba. En un momento me sentí acompañado, cientos de flamenco
rosados se movían lentamente en la misma dirección, no quise asustarlos y
emprendí el regreso.
Ya
era tarde, comenzaba la creciente, había
que regresar al campamento. Volvimos todos al coche y emprendimos el retorno.
Otro inolvidable espectáculo se hizo presente. Miles y miles de almejas
amarillas del tamaño de un celular se
dejaban llevar por la espuma marina. El
vehículo a su paso las aplastaba, a nadie le importaba, solo las gaviotas y los
chorlos las disfrutaban. En la carpa las comíamos cruda con limón, la marea
roja todavía no se conocía.
Otra tarde llegamos al Barco hundido. Un
antiguo velero semi enterrado en la
arena que en bajamar dejaba ver parte de su mástil y casco de madera. Se decía que en
pronunciada bajante se podía llegar a
una zona llamada “La Margarita”, los
mayores no se animaron a realizar el intento.
No faltaba en el
equipaje las escopetas de caza. Era tanta la cantidad de Lisas que
saltaban por la primera canaleta, que
todos se divertían con el tiro no a la
paloma, sino con el tiro a la Lisa, que
al recibir el impacto flotaban en la superficie y hacían fácil su recolección
para finalizar en la parrilla. Las Toninas, de un azul oscuro brillante, pasaban todos los días rumbo al
Norte por la segunda canaleta y a la tarde regresaban hacia el Sur.
Mi relato es
sumamente sintético, por eso ya estoy en el regreso que fue más largo y más
cargado que a la ida. Más cargado por unas bolsas llenas de corvinas,
pescadillas, Lisas y robustas almejas, más
largo porque decidieron volver por el desconocido arbolado y misterioso camino de la Costa.
Por muchos, muchos
años volvimos a San Clemente. Lo vimos crecer, urbanizarse y progresar.
Cuarenta años después allá por la década del 70 estaba frente al radar tratando de pescar una Borriqueta
cuando varios turistas venían caminando por la playa hacia Punta Rasa. Uno de
ellos se me acerca y me pregunta.
“¿Dónde
está el Cementerio de los caracoles?” A lo que yo le respondo: “El maravilloso Cementerio de los caracoles
hoy está en el recuerdo de aquellos que
tuvimos la dicha inolvidable de estar en él y disfrutarlo cuando todavía la
naturaleza virgen resplandecía en plenitud”. No entendió nada, me dio las gracias, y
desorientado continuó caminando en su
inútil búsqueda.