Repentinamente, como quien sale de un oscuro callejón,
saltó la muerte sobre su boca,
tragándose su aliento tibio.
El diente tembló hasta caer rodando sobre su pecho.
Vio la noche el desesperado ojo
clavado en centro de sus órbitas.
Nació el reino de las sombras.
Una mueca dibujada en la palidez del otoño
encierra al sueño mostrándose impávida,
tan serenamente suya.
Una larga y fría espera sacude su piel
cubriéndole las manos de enebro.
Que la tremenda suerte no sea desdicha
y su final no sea el mismo,
que los cuerpos calcinados en su nombre
no se pudran en vano.
Que nada sea como debe ser.
La carne llora su propia tragedia.
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