Todo empezó con una mancha. Era
pequeña, del tamaño de una lenteja, pero de forma irregular. Su color variaba
entre el grisáceo plomizo y el verde oscuro. Tenía una textura indefinida, muy
similar al descarne de un cuero de vaca, eso es lo que me pareció en un
principio. Surgió en una de las paredes laterales de mi cuarto de un día para
el otro. Al principio, supuse que se trataba de una mancha de humedad y minimicé
el hecho, ya que el diminuto tamaño no meritaba mayor preocupación de mi parte.
En ese momento no imaginaba, que aquella insignificante alteración de color en
la pared iba a desatar unos de los acontecimientos más aterradores y extraños
que haya vivido en toda mi vida.
Ese día me olvidé de aquel
sombreado apenas perceptible y me fui a trabajar como de costumbre. En el
trayecto, compré el diario como lo hacía todas las mañanas en el quiosco de don
Saverio y lo fui leyendo mientras viajaba en el subterráneo. Las noticias de
ese día parecían ser una copia de las del día anterior. Un hombre había sido
asesinado de dos balazos en el pecho al resistirse a un robo, un trágico
accidente de autos se había cobrado la vida de cinco personas entre ellas, la
de dos niños de apenas tres y once años, un paro en los hospitales públicos
amenazaba con hacer colapsar el sistema de salud y el presidente seguía su gira
por los países de Asia. Según la crónica del día se encontraba en Taiwán,
reunido con su par asiático para tratar de cerrar algún negocio de inversión.
Finalice mi trabajo a eso de las
siete de la tarde y antes de regresar a casa pase a visitar a mi amigo Oscar,
ya que había quedado con él que a la salida del trabajo iríamos a tomar unas
cervezas. El calor había aumentado al igual que la humedad y la sola idea de
beber un par de cervezas bien heladas me producía una sensación de placer
anticipado.
Oscar ya estaba en la puerta
esperándome, llevaba puesta su clásica chomba Lacoste de imitación, aunque esta
se notaba de una calidad bastante aceptable. Solía tener una docena de ellas,
de distintos colores y diseños, pero ninguna original. Su pensamiento era tan
racional, que muchas veces terminaba por convencerme de que no valía la pena
gastar el costo de cuatro imitaciones en una remera original. Nos saludamos con
el afectuoso abrazo de siempre y partimos rumbo a la confitería que estaba en
la esquina a bebernos una refrescante cerveza. Como el calor parecía no querer
aflojar y Oscar no quería dejar el vicio del cigarrillo, nos sentamos en una
pequeña pero confortable mesa que estaba en la vereda. El mozo no tardó en
aparecer y al cabo de unos minutos estábamos disfrutando del espumoso y amargo
sabor de lúpulo y la malta en nuestras gargantas, ávidas de la refrescante
bebida.
Durante las dos horas que
estuvimos juntos, bebimos cuatro cervezas y hablamos de un montón de temas,
entre ellos de mi reciente separación después de casi ocho años de accidentado
matrimonio. Desafortunadamente, Lucia y yo no habíamos podido tener hijos, una
papera mal curada en mi mejor estado reproductivo, había acabado con todas mis
ilusiones de poder tener descendencia. En nuestros momentos de paz y armonía
debatíamos sobre la posibilidad de adoptar un niño, pero nunca pudimos llegar a
un acuerdo consensuado. Siempre surgían los peores aspectos de nuestra
personalidad y esa conversación que había comenzado de manera amena y
civilizada, terminaba, en un duro enfrentamiento verbal e incluso físico, con
algún que otro objeto de la casa roto. En el fondo, y a la altura de los
acontecimientos que sucederían luego, agradecía a Dios, aunque ahora dude de su
real existencia, que aquella papera me hubiera dejado estéril.
Luego de despedir a Oscar,
regrese a casa como a eso de las de diez y media de la noche, estaba un poco
mareado, debido a las cuatro cervezas que había tomado, pero lo suficientemente
lúcido como para ir caminando sin inconvenientes. Un leve viento del sur
comenzó a levantarse haciendo descender la temperatura en unos cuantos grados,
hecho que me dio un poco de respiro al sofocante calor que había sufrido
durante todo el día.
El departamento se mantenía bien
fresco gracias al aire acondicionado que permanecía encendido. Lo primero que
hice cuando llegué, fue ir a darme una gratificante ducha para luego dirigirme
a la cocina a cenar algo, ya que con Oscar solo habíamos bebido. En la heladera
no había demasiado, algo de fiambre, un par de tomates a punto de convertirse
en conserva y nada más. Retiré unos panes de la alacena y con el fiambre y los
tomates preparé unos sándwiches que deglutí rápidamente con un vaso de gaseosa
bien fría, mientras miraba algo de televisión. El sueño comenzó a vencerme y
antes de que me quedara dormido en el sillón del living, apague el televisor y
me encamine a mi cuarto con la intención de irme a dormir.
Cuando encendí la luz, algo hizo
que mi atención se desviara hacia allí. Era la mancha en la pared. Ahora se la
veía mucho más grande y oscura, calcule en ese momento, que desde que me fui a
la mañana hasta que regrese, la misma había crecido aproximadamente dos o tres
centímetros, lo que hacía, que ahora fuera mucho más visible. Intrigado me acerqué
a ver qué era lo que había sucedido con aquella mácula y comprobé que no solo
su tamaño había cambiado sino también su color y su textura. Ahora, el color
gris plomo de la mañana se estaba transformado en un verde petróleo muy
intenso, casi negro y al pasar la yema de mis dedos sobre ella pude comprobar
que ya no tenía la misma estructura al tacto, ahora, era como si tocara una
superficie mucho más rugosa, áspera o porosa, incluso, la pintura blanca a su
alrededor comenzaba a descascararse y caía en finas laminas sobre piso. Este
hecho motivo mi preocupación he hizo que el sueño se fuera diluyendo lo
suficiente como para intentar encontrar una explicación a aquella extraña
mancha.
Seguí con la idea de la humedad,
pues su aspecto, si bien no era exactamente igual, no difería demasiado de las
manchas producidas por las filtraciones de agua. Aquello, me significaba un
verdadero problema ya que debía encontrar el punto de filtración y llamar a un
plomero para que me lo solucione, y eso implicaba que seguramente tendría que
romper la pared, situación que me provoco una profunda molestia de solo
pensarlo. De pronto, me di cuenta de que por debajo de aquella pared no pasaba
ningún caño de trasporte de agua, que yo supiese, por lo que deduje, que el
asunto venía de mi vecino el señor Hubert, quien vivía en el departamento
pegado al mío. En una actitud de total conformismo, decidí que lo mejor era
dormir y mañana a primera hora iría a ver al señor Hubert para contarle lo
sucedido y que él haga revisar sus cañerías y repare la filtración.
El señor Hubert era un anciano de
setenta y ocho años que vivía solo y sin problemas económicos gracias a una
pensión militar que cobraba como oficial retirado del ejército. Su carácter no
era el mejor y varias veces habíamos tenido algún que otro encontronazo por
cuestiones relacionadas con la convivencia, pero ninguna había pasado a mayores
y siempre habíamos dirimido nuestras cuestiones a la manera de dos caballeros
del siglo 18. Estaba seguro de que esta vez me costaría hacerle entender que su
caño roto estaba produciéndome un grave problema en mi pared, pero no dudaba
que gracias a mis buenas dotes histriónicas y de oratoria, lograría convencerle
que debía hacerlo reparar cuanto antes y así evitar inconvenientes mayores.
Esa noche dormí, algo
intranquilo, tuve reiteradas pesadillas en las que veía como aquella mancha,
ahora de enormes dimensiones y de un rojo sangre, me devoraba como una
serpiente se traga a una rata. Esos desagradables sueños, hicieron que me
levantara intranquilo, con un cierto escozor recorriéndome todo el cuerpo. Lo
primero que hice al levantarme fue verificar el estado de la mancha y para mi
asombro su tamaño se había triplicado y ahora ocupaba una importante porción de
la pared. La blanca pintura parecía ahora una piel enferma, afectada por algún
tipo de eczema purulenta que reventaba hacia afuera como las negras pústulas de
la viruela. La situación se estaba complicando cada vez más y si no actuaba
rápidamente, en un corto tiempo la mancha de humedad se extendería por toda la
pared como un maligno tumor fulminante, de esos que consumen al enfermo en
apenas unas semanas.
Me acerqué a la mancha para
observarla con mayor detenimiento y percibí que aquella extensión oscura que se
apoderaba de mi blanca pared poseía algo extraño, algo que no podía comprender
ni explicar, pero que me hacía pensar que no era solamente una mancha de
humedad. Parecía tener vida, como si reptara por la pared. Inmediatamente, las
pesadillas de la noche volvieron a mi mente, ominosas y presagiante. En solo
una fracción de segundos traté de borrar esas imágenes y de racionalizar lo que
estaba pasando dentro de la lógica posible, no podía dejar que mi mente
divagara con pensamientos fantásticos e increíbles, así que volví a la idea de
que aquella mancha no era otra cosa que la filtración de agua proveniente de
algún caño roto perteneciente al señor Hubert. Que equivocado que estaba.
Me cambié de ropa, salí al palier
y me dirigí al departamento B, con la firme convicción de hablar con el señor
Hubert acerca del incidente. Me pare frente a su lustrosa puerta y toque
timbre. Si bien el señor Hubert vivía solo, tres veces a la semana hacia venir
a una señora para la limpieza y entre unas de sus prioridades era lustrar con
cera la puerta de madera de su departamento, al punto de que si no lo hacía era
capaz de despedirla. Espere unos segundos y no respondió. Sabía que por su
formación militar el señor Hubert padecía la típica sordera del soldado, por lo
que supuse que no había escuchado el sonido del timbre, así que volví a tocar
con mayor insistencia. Como el señor Hubert no respondió, hice un nuevo
intento, esta vez combinando el timbre con golpes a la puerta. Tampoco obtuve
resultados. El hecho de que no me respondiera hizo que mis temores se
incrementaran. Mire mi reloj y me di cuenta de que era la hora en que el señor
Hubert solía hacer sus caminatas matinales, por lo que traté de minimizar mi
estado de intranquilidad, y como era sábado, decidí que lo mejor era volver más
tarde, cuando estuviese de regreso.
Traté de olvidarme por un rato de
aquella confusa situación y me fui a desayunar y a leer el diario en el bar de
abajo de casa, como lo hacía todos los sábados. Luego de desayunar una enorme
taza de café con leche con dos media lunas y haber leído el diario desde la
primera hasta última página, regrese al edificio con intención de hablar con el
señor Hubert. Volví a golpear su puerta sin obtener ninguna respuesta. Ahora sí,
comenzaba a preocuparme y a pensar en que quizá el anciano se encontraba muerto
en su departamento y que aquella horrible mancha que se filtraban hacia mi apartamento
era producto de los fluidos corporales de la descomposición de la carne muerta.
La idea me sonó completamente ridícula, ya que no se percibía ningún olor
nauseabundo que me indicara que allí se encontraba un cadáver descompuesto, por
lo que desestimé inmediatamente ese estúpido pensamiento. Me detuve un instante
frente a la reluciente puerta del señor Hubert a ordenar mis ideas y ver que
era lo mejor para hacer en este caso. Mientras lo hacía, el ruido de ascensor
subió lentamente desde la planta baja hasta hacerse perfectamente audible. Se
detuvo con el característico ruido de las cuerdas de metal al tensarse. La
puerta se abrió y el señor Hubert salió del cubículo del ascensor. Vestía una camisa
de mangas cortas de color blanco y unas bermudas azules, su cabello poblado de
canas, sobresalía por debajo de una gorra azul oscuro, todo su aspecto era el
de un turista extranjero, solo le faltaba la cámara fotográfica colgando de su
cuello. Parecía mucho más joven y al verlo pensé en lo bien que llevaba sus
setenta y ocho años. Debo reconocer que su presencia me sorprendió. No esperaba
verlo, allí parado frente a mi, con su rozagante rostro y su vitalidad
manifiesta, como un hombre al que los años lo han tratado con benevolencia.
Desde la aparición de la mancha, mi mente había volado demasiado lejos y había
tejido infinitas conjeturas, entre ellas la de imaginarlo un cadáver
putrefacto, por eso al tenerlo delante de mí, un reconfortante alivio me invadió
al saber que no lo estaban consumiendo los gusanos. Al verme frente a su puerta
se sorprendió.
- ¡Señor Castello- me dijo con
una autoritaria voz que imponía cierto respeto- ¿me busca a mí?
- Señor Hubert- alcancé a decir
sorprendido- en realidad yo... quería hablar con usted por...
Me detuve, no sabía cómo
continuar, como comenzar a explicarle que el motivo de mi presencia en la
puerta de su departamento era una oscura mancha de humedad en mi pared lindera.
- ¿Tiene algo que ver con mi
Marilyn? – me dijo sin darme tiempo a que pudiera elaborar una explicación
plausible.
Marilyn, era una gata blanca que
el señor Hubert tenía como mascota en su departamento. Uno de los tantos
problemas por los que habíamos discutido, fue una vez cuando la muy astuta gata
se las había ingeniado para saltar a mi departamento aprovechando mi ausencia,
una vez dentro hizo uso y abuso de algunos comestibles que había dejado sobre
la mesa de la cocina para después rematar su “asalto” con un hermoso regalo que
dejó sobre la alfombra del living. Este hecho, motivo que el señor Hubert y yo
nos viéramos enfrentados por un largo tiempo. Afortunadamente, las expediciones
de Marilyn a mi departamento cesaron y las aguas se aquietaron, en apariencia,
aunque la tensión entre ambos continuó subyacente por espacio de varios meses.
- No, no tiene nada que ver con
su gata- le explique- es por otro tema que necesito hablarle
El señor Hubert me miro
sorprendido, como cuando un niño observa una extraña luz en el cielo y no puede
dar crédito de ella. Al ver que sus ojos reflejaban la más pura desazón,
comencé a decirle el motivo de mi presencia allí. A medida que le contaba lo sucedido,
veía como su rostro iba cambiando de expresión, hasta convertirse en una severa
mueca que denotaba preocupación y estupor.
- Lo que usted me dice no puede
ser- argumento cuando finalice mi relato- En mi pared no hay ninguna humedad
que pueda estar causando la mancha que usted me cuenta. Esto debe tratarse de
algún error. ¿Está seguro de que es la pared correcta?
- Estoy seguro- le retruque en una actitud algo soberbia. Luego me di cuenta de la manera de hablarle y traté de bajar el tono- Tal vez si usted me permitiera pasar a ver...
El señor Hubert me escudriñó con
sus ojos color marrón claro, como estudiándome, en busca de alguna reacción que
le hiciera justificar su idea de no hacerme pasar. Finalmente, como vio algo de
sinceridad y preocupación en mi rostro, decidió acceder a mi pedido.
- Está bien – dijo no muy
convencido- pase y vea usted con sus propios ojos lo que le acabo de decir.
Le agradecí con un breve gesto de
cabeza, a lo cual el señor Hubert me devolvió el agradecimiento parcamente. Se
encamino a su departamento, saco la llave del bolsillo de su bermuda y abrió la
impecable puerta. Marilyn salió a recibirlo con un audible maullido, que me
hizo recordar a cuando era niño y jugaba hacer ruidos inflando y desinflando un
globo lleno de aire. El señor Hubert ingreso a su departamento y yo lo seguí
con cierta intranquilidad.
- Es por aquí – me dijo sin
demasiado interés y lo seguí como un becerro recién nacido sigue a su madre.
El departamento, era idéntico al
mío, ya que los arquitectos que habían construido el edificio así lo habían
planificado en una clara demostración de que podían ahorrar espacio y abaratar
costos. Un vez adentro, me di cuenta de que el señor Hubert no disponía de
demasiados muebles y que solo tenía los indispensables para una subsistencia
confortable y nada más. Allí no había grandes lujos, no sobraban los aparatos
electrónicos, sólo un televisor a color Zenith, de los primeros modelos
fabricados en los años 80 y una vieja y aparatosa radio Noblex 7 mares era todo
lo que allí se podía ver. Los muebles eran también antiguos, pero se notaban,
de una buena calidad. Una mesa de madera, tan brillante como la puerta, con
cuatro sillas forradas en pana verde, coronaba un living despojado de cualquier
otro mobiliario. Solo un par de cuadros con antiguos marcos, resaltaban en una
de las paredes laterales. El señor Hubert ingresó en su habitación y yo fui
tras él. Una cama matrimonial, del mismo estilo que la mesa y sillas de living,
se ubicaba en el centro del cuarto acompañada de una pequeña mesa de luz y un
velador de noche. No había nada más. Aquello, a decir por la austeridad
exhibida, parecía un cuatro de hospital público, pero con muebles de estilo.
- Esa es la pared- dijo el señor
Hubert en tono triunfal- dígame, ¿en dónde ve usted alguna mancha de humedad?
Observé la pared y no vi ninguna
mancha de humedad sobre ella. La blancura era tal que cualquier imperfección,
por más pequeña que sea, se hubiese notado desde un kilómetro de distancia. Me
quede completamente anonadado. No podía creer lo que mis ojos estaban viendo.
Aquella pared no parecía tener ningún problema de filtración alguna, incluso
suponiendo que el desperfecto estuviera de mi lado, tampoco se veían rastros de
que se estuviese filtrando agua para este sector. El señor Hubert me miraba con
aire de “ganador” y una actitud de total soberbia.
-¿Y qué me dice? – volvió a
decir, reafirmando su triunfo
Realmente estaba abatido, como si
un enorme boxeador de peso pesado me hubiera dado un “appercat” en la mandíbula
y arrojado a la lona. Todo a mí alrededor se empezaba a derrumbar y las
explicaciones racionales comenzaron a esfumarse de mi mente, como un halo de
vapor en una mañana de frío invernal desaparece de la boca. Surgieron entonces
los pensamiento más irracionales, esos que uno generalmente intenta desechar
por no tener ningún tipo de lógica, esos que uno encuentra en lo cuentos o
novelas de terror y que pueblan la imaginación de niños y adolescentes. ¿Qué
era realmente todo esto?
Intenté argumentar que quizá
aquella no era la pared correcta, pero el señor Hubert, en una actitud de
completa seguridad, me llevo en un recorrido por todo el departamento para que
inspeccionara, una a una, todas sus dependencias. En ninguna pared pude observar
una mancha que me llevara a alguna conclusión posible. Desilusionado me despedí
del señor Hubert con una sincera disculpa y la amarga sensación de la derrota.
Sentía una gran incertidumbre y un profundo temor, respecto a que era lo que se
estaba extendiendo sobre la pared de mi cuarto.
Al ingresar en el departamento,
me pareció oír un extraño sonido, algo similar a una garra rasgando la madera.
Aquel misterioso ruido me atemorizo, debo reconocerlo, pero me recompuse de
inmediato y avancé en dirección al dormitorio. Antes de ingresar, volví a
sentir el mismo ruido, pero esta vez fue más fuerte, era como si una enorme
cucaracha corriera a esconderse de luz. Aunque estaba visiblemente asustado,
abrí de golpe la puerta para ver que era lo que estaba causando el misterioso y
espeluznante sonido, al hacerlo, alcance a vislumbrar en una fracción de
segundo, como un huesudo brazo desaparecía dentro de la mancha, que ahora de
extendía por casi toda la pared. El desagradable brazo, parecía tener un color
pálido azulado, similar al de la piel de un cadáver y estaba cubierto de varios
moretones del tamaño de una moneda, incluso más grandes. También pude observar
que de la punta de sus dedos, si se le podían llamar dedos, le colgaban una
especie de apéndices, parecidos a las garras de animal.
Sencillamente aquello que vieron
mis aterrados ojos no podía ser real, no podía estar sucediendo realmente. Pero
ahí estaba yo, contemplando como la blanca pared que lindaba con el
departamento del señor Hubert, era ahora una repugnante mancha negra y pestilente.
En su centro, una masa gelatinosa similar a un purulento absceso a punto de estallar
borboteaba como la lava de un volcán ardiente. Todo aquel espectáculo era
verdaderamente horroroso y desagradable. Me di cuenta de que la mancha se movía
como un ser vivo y que se iba extendiendo con rapidez por las paredes
laterales. En unos pocos minutos todo el cuarto estaría infectado y eso
seguramente sería el fin. Salí corriendo de la habitación con el corazón
latiéndome con fuerza y cerré la puerta con llave. Estaba como hipnotizado, no
sabía que hacer, a donde ir o a quien recurrir. Me hallaba realmente espantado.
La imagen del brazo hundiéndose en la espesa y verdosa gelatina, me causaba un
verdadero escalofrío. ¿Qué era aquel ser que había visto desaparecer dentro de
la mancha? ¿Sería peligroso? ¿Habría más? Muy asustado y confundido fui hasta
living, tome el teléfono y llame a Oscar. Como pude, le expliqué lo que estaba
pasando, al principio, solo emitió una incómoda risita entrecortada y luego me
dijo.
- ¿Es una broma, ¿verdad?
- ¡No, no es una broma! -
respondí con la seriedad que merecía el caso- ¡veinte urgente!
Corté la comunicación con Oscar y
me di cuenta de que todo mi cuerpo temblaba, como un vaso de agua en medio de
un terremoto. Mire hacia la puerta, y un terror primigenio y ancestral me
invadió de repente. ¿Qué cosas estarían sucediendo allí detrás? ¿Qué horrores,
surgidos del mismo infierno pulularían por la habitación? Mientras pensaba en
todo eso, escuché como si algo, o alguien caminara en el interior del
dormitorio, era un sonido, débil, pero lo suficientemente perceptible como para
aterrarme. Quise arrimarme para oír mejor, pero estaba realmente paralizado por
el terror y no podía dar un paso. ¿Qué era ese aterrador sonido? ¿Sería
nuevamente ese ser saliendo de la pared? El timbre me sobresaltó, cuando me
pude recomponer fui hasta el portero eléctrico y le abrí a Oscar. Este subió al
cabo de unos minutos y se paró frente a mí con la incredulidad de un ateo.
- Así que tenes una enorme mancha
en tu pared y un demoníaco ser acaba de salir de allí para invadir tu
departamento- me dijo con una sonrisa burlona recorriéndole el rostro
- Porque no entras y lo ves con
tus propios ojos- le dije muy serio- Ahí hay algo caminado y estoy seguro no es
de este mundo
Oscar, como persona racional y
pragmática que era, no dio crédito a lo que acababa de decirle y me pidió la
llave. Al principio no quería dársela, pero luego al ver su insistencia accedí.
Oscar tomo la llave y se encaminó hacia la puerta de la habitación.
- No entres ahí- le dije con un
nudo apretando mi garganta- puede ser peligroso
- Amigo -me dijo- el peligro está
en la calle, es de la gente de quien hay que cuidarse
Lo que sucedió después fue todo
muy rápido, apenas Oscar abrió la puerta pude ver lo que salió de la pared y lo
tomo por una de las piernas. Era como una especie de largo tentáculo gelatinoso
con un color verde oscuro, no podía definir bien la forma, pero en la primera
impresión eso fue lo que me pareció. El tentáculo, o lo que fuera, comenzó a
sacudir el cuerpo de Oscar como si fuera un simple juguete moviéndolo de un
lado para otro, luego lo arrastró hacia adentro. Oscar se tomó con los dos
brazos del marco de la puerta en un intento de evitar ser arrastrado por esa
monstruosa criatura, pero fue inútil, la increíble fuerza se lo llevo sin
demasiado esfuerzo. Yo estaba completamente horrorizado, Oscar chillaba como un
cerdo a punto de ser sacrificado y sus gritos me enloquecían y no me dejaban
pensar ni actuar, era realmente un espectáculo apocalíptico y yo no podía dar
crédito a aquello que estaba observando. Un segundo tentáculo, apareció de la
nada y tomó a Oscar por el cuello. Sus ojos me miraron como pidiendo clemencia,
pues sabía que iba a morir de la manera más espantosa.
Nunca olvidare aquellos ojos
llenos de horror y como aquel poderoso tentáculo presionó sobre su garganta,
cada vez con más fuerza hasta que pude oír el “crack” de su cuello quebrarse
como si fuera una galleta. En ese instante Oscar dejo de gritar. Por la fuerza
del golpe supuse que su muerte fue instantánea y en alguna medida esa tonta
suposición me hizo pensar en que mi amigo había tenido una muerte sin dolor.
Solo fue un instante, porque cuando comprendí la real situación me sentí
desvanecer, las piernas se me aflojaron como dos cuerdas que se cortan
abruptamente y me desplomé al suelo casi inconsciente, como si un fuerte
narcótico hubiera hecho estragos en mi cerebro. Desde el piso y en un estado de
total confusión, observé como el cuerpo ya sin vida de Oscar era cubierto
completamente por una masa gelatinosa informe y pestilente. Era evidente que se
lo estaba devorando, ya que podía ver como un charco de espesa y sangre negra
se iba extendiendo por el suelo como una extensión de la misma mancha. Después
todo fue oscuridad.
No sé cuánto tiempo estuve
inconsciente, solo recuerdo que cuando desperté, ya no estaba más en mi cuarto,
alguien me había sacado de allí. De pronto, recordé el momento en que mi amigo
Oscar había sido devorado por aquella extraña criatura y el sólo hecho de
recordarlo me produjo una sensación de escalofrío que recorrió parte de mi
cuerpo he hizo erizar los cabellos de la nuca y la piel. Lo que había vivido
era difícil de aceptar de una manera racional, todo parecía ser más bien una
historia salida de la imaginativa mente de Howard Philips Lovecraft o Edgard
Allan Poe, aunque en lo profundo de mí sabía que todo lo sucedido no era un
fantástico relato, sino una cruel realidad. Lo que vino de después fue más
aterrador aún, la voraz mancha siguió creciendo y se convirtió en una amenaza
incontrolable para la humanidad. El setenta por ciento de la población mundial
se vio afectada por el pavoroso monstruo y los científicos hasta ahora no han
encontrado la manera de detenerla.
Después de aquella traumática
experiencia, me he recluido en un antiguo templo desde donde estoy escribiendo
este sintético relato para que, si alguien alguna vez lo encuentra, conozca mi
historia y sepa porque la raza humana desapareció de la faz de la tierra.
Espero que la hambrienta mancha tarde algún tiempo más en llegar hasta aquí…
aunque desde hace unos días en una de las paredes del monasterio estoy
empezando a notar una pequeña mancha color gris plomizo.